“… los adictos al poder”

JULIOCESARDICTZUMBAA

“… los adictos al poder suelen hacer cosas desesperadas para conseguir su dosis cotidiana; arriesgan prestigio, decoro, imagen patrimonio y hasta la familia. Venden su alma por conseguir más droga política. “Debe ser muy grande el placer que proporciona el gobernar, puesto que son tantos los que aspiran a hacerlo”, decía Voltaire.

“En voz alta Testimonios de medio siglo ” El mexicano frente al poder
textos de José Antonio Crespo, Ediciones del ISSSTE 2006, páginas 381/384.

El poder provoca también, como otras drogas “duras”, alucinaciones y enajenación. Quien tiene poder puede muy fácilmente dejar de percibir la realidad tal y como es, fantaseando sobre sus logros y posibilidades futuras. Puede no percibir los descontentos e inconformidades de sus gobernados, y enajenarse al grado de no percibir nada de lo que ocurre abajo. La cruda realidad puede verse como el jardín de las delicias. A veces se cae en el polo opuesto; el adicto se vuelve nervioso y paranoico; imagina conjuras por doquier o piensa que la prensa se ha unificado para derrocarlo. Aunque a veces hay en efecto razones para temer a amigos y enemigos. Un proverbio político mexicano dice que en política, los enemigos son de verdad, y los amigos de mentiras. Dice también el escritor italiano Alberto Moravia, “Una dictadura es un Estado en el que todos temen a uno y uno a todos”, En torno al poder suelen proliferar intrigas y conspiraciones. Y de igual manera que la popularidad genuina puede endiosar a un gobernante, el repudio público puede perderlo síquica y moralmente. Por lo cual, dice Séneca que “el primer arte que deben aprender los que aspiran al poder es el de ser capaces de soportar el odio”.

A veces incluso, pequeñas dosis de este enervante provocan una especie de autismo.
“Perder piso” o “marearse al estar sobre un ladrillo” son expresiones comunes para describir esta enajenación que provoca el poder (grande o pequeño). Desde luego, cuando las dosis son superiores, los daños son más profundos. La pérdida de memoria es también otro de los síntomas típicos. El poderoso olvida rápidamente su pasado como opositor o disidente -si es que lo fue- e incurre fácilmente en aquello que antes condenaba. A todo eso ayuda mucho el estar rodeado de zalameros y aduladores que confirman, en lugar de cuestionar, cualquier distorsión de la realidad que sufra el gobernante. Son los aduladores -“tan abundantes en las cortes”, decía Maquiavelo-, esos cuervos que rodean a su patrón y opacan su vista venerándole persistentemente y haciéndole creer que, en efecto, algo de divino ha llegado a contraer. Según Gilbert Chesterton, “La función esencial de la adulación es alabar a las personas por las cualidades que no tienen”. Pero los adulados, incautos, suelen caer en la trampa y terminan por creer que en verdad poseen tan excelsas virtudes.

Los poderosos, por el sólo hecho de serIo, se sienten sabios, simpáticos, lúcidos, ingeniosos, imaginativos. Todo lo saben, todo lo entienden, todo lo vislumbran. Decía Napoleón; “Estamos hechos para dirigir a la opinión pública, no para discutir con ella”. Y así como todo ser humano sufre las consecuencias de la droga que ingiera, todo individuo…”.

“… el súbdito y el ciudadano, dos facetas de una personalidad política que tiene la mayoría de los seres humanos rivalizan y se alternan a veces en poco tiempo; el gobernante prefiere cultivar al súbdito y eludir al ciudadano, por más que en su retórica diga lo contrario. De ello depende su propia preservación en el poder, o al menos su popularidad e impunidad en su desempeño público.

El súbdito suele desear la protección y la guía de su líder, a quien, por lo mismo, se le reconocen dones y facultades a veces sobrehumanas. Sabedor de ello, decía Napoleón: “Sólo se puede gobernar .a un pueblo ofreciéndole un porvenir. Un jefe es un vendedor de esperanzas”. De tener cierto éxito en crear expectativas -y cumplirlas en cierta medida- el caudillo puede ser listo hasta como un semidiós, que eso también es parte esencial de la política. Es el líder carismático del que habla Max Weber, cuya característica consiste en poseer alguna cualidad “que pasa por extraordinaria, de una personalidad por cuya virtud se la considera en posesión de fuerzas sobrenaturales o sobrehumanas, o como ejemplar enviado de Dios, y, en consecuencia, como jefe, caudillo, guía o líder”. Y aclara Weber que no importa que tales cualidades existan “objetivamente”, sino que sean aceptadas como tales por aquellos que aceptan su liderazgo. Cuando un caudillo político deja de ejercer esa fascinación, sea por tiranía o por ineptitud, puede despertar en sus súbditos el demonio de la rebelión, que no para hasta que lo destroza. Si no política o físicamente, al menos sí en su imagen personal e histórica (como una quema política en efigie)…”.

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