Hidalgo en el Curato de Dolores

Acta de Independencia

Génesis del movimiento de Independencia

“La casa del Diezmo, en la que se había establecido, por haber cedido al Ayuntamiento de la localidad, que no contaba con edificio propio, el inmueble que había heredado a la muerte de su hermano Joaquín, era espaciosa. El amplio portalón daba acceso a un patio embaldosado, sal- picado con la gracia policroma de rosales en flor. Casi en el centro se levanta el brocal macizo de una noria con el arco y la polea para sacar el agua. Haciendo escuadra, las habitaciones, comunicadas entre sí, abren sus ventanales a la calle y sus puertas al corredor. De este modo se alinean la biblioteca, el despacho del curato, el dormitorio de Hidalgo, las recamaras de la familia, la notaría, dos salones para los diezmos, la sala para las fiestas sociales. Sigue el comedor, la cocina, con un ventanuco para pasar las viandas; el trascorral, con el granero, las caballerizas, la cochera, el retrete y el baño. En las habitaciones, muebles sencillos y confortables, distribuidos con buen gusto”.

“… Hidalgo, iniciando con éxito su campaña contra los monopolios que no dejaban prosperar la industria, quiere seguir adelante en tan temeraria empresa y ensaya el cultivo de la vid, ya que el temperamento y los terrenos son favorables. Se rige por las normas de los tratadistas consagrados, disponiendo las plantas simétricamente y a trechos iguales para que los jugos de la tierra les lleguen a todas en la misma proporción vitalizadora, plantando los sarmientos en primavera y en otoño, abonados con asiduidad y bien cubiertos con tierra, poniéndoles encima piedras esponjosas que dejaban libre acceso al agua y al aire para que los mugrones pudieran levantarse con lozano brío. Las cepas formaban emparrados que la poda hacía prosperar, sobre los rodrigones de fresno y así, limpiando, escardando, incinerando la maleza, recomponiendo las cepas, ahuyentando los ganados que gustan mucho de las hojas tiernas, los negros racimos cuajaron sus mieles en apretadas filas, que fueron presa de las tijeras de los vendimiadores. Se pintaron de rojo los lagares, y el mosto y el vino llenaron los vasos con su dulce sangre.

Supuso Hidalgo que esta labor iba a ser apreciada. Hace un viaje a México para solicitar ayuda del gobierno. Fracasa en sus gestiones y regresa a Dolores a seguir trabajando, para gloria suya, sin ayuda oficial. El obstáculo, como sucede siempre a los grandes caracteres, fue un incentivo más para sus planes futuros y observó las preeminencias de los bucaneros y la magnificencia de los esclavistas que dictaban sus leyes a la sociedad. Otra vez se cercioró de la podredumbre de los jueces que traficaban con la justicia. Vio de cerca la desintegración burocrática y administrativa; los puestos más jugosos desempeñados por los españoles que se decían descendientes de la más rancia nobleza; los comercios en manos de abarroteros sórdidos que los cronólogos describen con pintoresco realismo, “vestidos de chaquetón, juanetudos, cascarrones, despidiendo obscenidades de presidiario, desaseados hasta lo increíble, brutales como mulas espantadas, fanfarrones, trabajadores rutineros y constantes, campesinos en el modo de apreciar la civilización, la religión, los deberes sociales, y afectos a aislarse como los leñadores. El gachupín que se enriquecía a fuerza de laboriosidad, avaricia, sobriedad y usura, había aprendido á ser héroe en el trabajo, su campo de batalla era la tienda de abarrotes, especie de penitenciaría donde los polizones se empleaban para la labor ruda de hacer dinero, cambiando la pereza española en actividad anglo-sajona.

“A su regreso, descansa Hidalgo Abstraído, silencioso, sin que nadie lo interrumpa, engolfado en las páginas, medita y sueña, sentado en una silla que le ponen en el cubo del zaguán, entregado a la lectura de sus libros predilectos que habían traído de Francia amigos de su hermano Manuel, que era uno de los abogados más capaces, en cuyo bufete se ventilaban importantes negocios judiciales de la plutocracia española. Y era, entre otros, El Contrato Social una de las obras que Hidalgo más usaba para dar a sus prédicas un carácter más radical. De Rousseau lanzaba sus saetas fulgurantes que daban en el corazón del despotismo con la certera eficacia de la piedra de la honda de David en el ojo del gigante bíblico”.

“Con un certero instinto educador, traducía lo más sustancioso y medular del discutido pensador ginebrino, y daba a su auditorio en un estilo fácil y accesible los terribles oráculos, las ideas disolventes que golpeaban contra el poderío secular de los señores feudales, atrincherados en los derechos adquiridos en muchos siglos de usurpaciones. Decía “El más fuerte no es jamás demasiado fuerte para ser siempre dueño, si no transforma su fuerza en derecho, y la obediencia en deber…”.

Hidalgo repetía estas férreas utopías de Juan Jacobo, sabedor de sus efectos disolventes. Los que asistían a su seminario político eran cada vez más numerosos y heterogéneos. Estaban unidos por una inconfesada aspiración que no tomaba cuerpo todavía. La clarividencia, la aguda perspicacia del Zorro nicolaita le hacía presentir la intromisión de algún Judas.

Entregaba sus teorías intactas, en su desnudez deslumbradora de bayonetas y de espadas a las preocupaciones de sus contertulios. Solamente se explayaba con sus íntimos. Cuando viajaba a San Miguel el Grande o a Querétaro se encerraba con Allende, con Aldama, con Epigmenio González, con doña Josefa Ortiz y con el Corregidor Domínguez para comentar a Rousseau cuando cita: “Pero así como algunas enfermedades trastornan la memoria de lo pasado, así también se hallan en los Estados épocas violentas, donde las revoluciones producen en los Pueblos lo que ciertas crisis en los individuos, donde se olvida el horror a lo pasado, y donde el Estado abrasado por las guerras civiles renace, por decirlo así, de sus mismas cenizas, y vuelve a tomar el vigor de la juventud, saliendo de los brazos de la muerte…”

“Un defecto esencial e inevitable que hará que el Gobierno monárquico sea siempre inferior al Republicano, es que en este, la voz pública no eleva jamás á los primeros puestos sino a hombres esclarecidos y capaces que los desempeñan comúnmente con honor, mientras que los que se ven en los Monárquicos no son continuamente sino los solemnes enredadores, unos valientes bribones y unos infatigables intrigantes que teniendo poco talento; colocados en altos puestos, no sirven para otra cosa sino para hacer ver al Pueblo su ineptitud tan pronto como los ocupan.”

Textos del Libro “Hidalgo” de Ernesto Higuera . Colección Medallones Mexicanos, Ediciones del Comité Ejecutivo Nacional del PRI, 1955

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s