¡No te prives!: Defensa de la ciudadanía

Sabater libro

Libro de Fernando Savater, Editorial Ariel 2014.

Fernando Savater, quizá el profesor de filosofía más leído del mundo y de eso va en el libro que en México se llama ¡No te prives! Defensa de la Ciudadanía.

De la Casa Editora: “Las cosas están muy mal, pero nadie va a venir a salvarnos. Por esta razón, dice Fernando Savater, la decisión es muy simple: o se elige ser un ciudadano que busca hacer algo para que las cosas cambien o se opta por ser un vasallo que calla y obedece. No hay más opción. “El pesimismo no arregla nada”, afirma el escritor español, nacido en el País Vasco.

Con la característica ironía del autor, este libro nos pone frente al espejo: ¿Realmente somos todos mucho más “buenos” que nuestros políticos? ¿Cómo podemos decir que “no nos representan”, aunque no nos gusten e incluso no los hayamos votado, si son parte del sistema del que somos ciudadanos?
“Ser político en el sentido auténtico del término, no en el insultante y pueril, es preferir enmendar errores a linchar culpables…”.

Algunos contenidos de su prólogo: “Como vivimos -o hemos vivido hasta hace muy poco una época en la que estar indignado goza de prestigio moral y social, permítanme que presente este libro como resultado de una larga indignación que padezco desde hace mucho pero que se me ha agudizado especialmente en los últimos cuatro o cinco años. La motiva el maltrato entre nosotros de la idea de ciudadanía, pieza esencial del juego democrático. En ese maltrato se mezclan el interesado desinterés de algunos, la descarada manipulación de otros y la flamante ignorancia de la mayoría, entre los que para mi perpetua sorpresa deben incluirse sesudos catedráticos, respetables magistrados, clérigos de alto coturno, intelectuales con mando en plaza y cargos políticos a tutiplén. Sucede que quienes más se llenan la boca proclamando la importancia de los ciudadanos y exaltando su derecho a decidir, son los que más activamente desconocen sus libertades para supeditarles a entidades fabulosas como «pueblos», «identidades» y otras restricciones colectivistas de su verdadera capacidad emancipatoria…”.

Dado que la tímida posibilidad de una asignatura en bachillerato de educación para la ciudadanía ha sido ya cortada de raíz para evitar el «adoctrinamiento» (?), es de temer que en el futuro inmediato esta situación no mejore y que las generaciones venideras perpetúen esta forma de indigencia ideológica y política. De tal modo que los ciudadanos efectivos pierden de vista lo que están a punto de perder con el pretexto de señuelos demagógicos: alertarles de esta mutilación ya en marcha es el principal objetivo de este libro…”

“Perdonen que recuerde semejantes obviedades (y si no lo son, al menos discutámoslas), pero resulta que actualmente a cada paso las vemos ignoradas o excluidas de los debates más urgentes que nos ocupan. De tales debates tratan las siguientes páginas. Para empezar, se ignora en qué consiste la ciudadanía cuando se habla genéricamente de la desafección de la gente por la política y se culpa de ella exclusivamente a los políticos electos, olvidando que en democracia políticos somos todos. Antes de la crisis la gente (especialmente los más jóvenes) blasonaba de no interesarse por la política, y después de su estallido muchos salieron a la calle para proclamar las fechorías de los políticos que nos engañan y manipulan: o sea, antes tuvimos mayoría de apolíticos y luego buen número de antipolíticos, pero ciudadanos políticos (es decir, auténticos ciudadanos), que son los que hacen falta, eso por lo visto es más difícil de conseguir en número suficiente. Mientras parecen bastar el apoyo de la familia o los amigos, tan acrisolado en nuestros países del sur europeo que mitifican los lazos afectivos y desdeñan los legales, el Estado es visto con desconfianza y sólo despierta mecanismos de escaqueo; pero después, cuando los problemas se revelan tan hondos y generales que solo pueden afrontarse con instituciones solventes, casi nadie se siente responsable de no haberse preocupado a tiempo porque fueran eficaces, bien dotadas económicamente y limpias de corrupción o provistas de salvaguardias para que no resulte impune. Aún más grave es el olvido de los requisitos de nuestra ciudadanía…”

Del texto: La ciudadanía democrática es un reconocimiento por el Estado del que nos hemos dotado de nuestros derechos, deberes y garantías y no están basados en la identidad cultural, étnica, ideológica, religiosa o racial, sino como miembros de una institución constitucionalmente vigente que establece las reglas del juego con las que operamos. Esa ciudadanía constitucional es el marco de la obligación política que caracteriza la democracia moderna y que ha logrado el máximo histórico de libertad personal institucionalizada colectivamente.

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