El olvidado Bien común

“…Nadie tiene derecho a lo superfluo, mientras alguien carezca de lo estricto…” Salvador Díaz Mirón (1853-1928)
También aplica cuando los recursos públicos se gastan en banalidades y lo necesario se deja para después…

Por lo que “El Fusil” nos acerca al libro “Dimensión Social de la Caridad” del Pbro. Pedro Velásquez H.* en su Capitulo XIII donde se pregunta sobre el “Bien Común”:

¿Qué es ese bien? No es un bien particular, es el Bien Común el bien de todos sin excepción. El bien de la colectividad, propio de la colectividad. Este bien no es el resultado de una actividad individual, sino de todas las actividades individuales, conjugadas bajo el signo de lo social. Es el bien social propiamente dicho y por esto mismo, más importante -hablamos del orden natural- que cualquier bien particular que no sobrepasa los intereses de un individuo o de algunos individuos.

El bien común es también esta inmensa adquisición que hacemos cuando entramos en la sociedad y que ni nuestra propia energía ni la de la familia nos hubiera podido procurar. Es la ordenación y la coordinación de fuerzas y de reserva de fuerzas que son las agrupaciones menores, por las cuales se puede alcanzar un resultado incomparablemente mejor y más alto. En este sentido se puede decir que el régimen político mismo, con sus frutos de concordia y de prosperidad, es un bien común, puesto que el resultado estable, como la cristalización de todos los cambios, de todos los contactos y de todas las coordinaciones que se efectúan en el seno de la sociedad es el responsable de lograr para sus gobernados ese bien común”.

“Buscar el bien común exige de parte de los jefes del pueblo, inteligencia, discernimiento, firmeza; y gobernar para sí, para su propio bien y no para el bien común, es el crimen imperdonable de los gobernantes que así lo hicieren. Cuando un hombre o un partido se apodera de la nación para gozar egoístamente, para vivir a expensas del pueblo, para asegurar a sus partidarios una buena tajada; cuando las empresas sólo piensan vivir engañando al trabajador, al consumidor, al Estado y a su pueblo; cuando los financieros solamente cuidan de sacar los mayores beneficios de la situación embarazosa de la nación; cuando las gentes únicamente quieren conservar sus puestos; cuando las leyes sólo se obedecen por temor de la pena; cuando los administradores no sacan el mejor partido de sus presupuestos; cuando todos andan a caza del dinero del Estado y de los espacios para sus amigos, una nación deja de ser una comunidad. Está dividida contra ella misma. Está condenada a muerte.

Todos nuestros males provienen del olvido y del desprecio en que se tiene el bien común. Pero los más responsables son los que se han apoderado del gobierno y no cumplen con su función de mirar por el bien común. Un país entregado metódicamente a individuos que han hecho del bien de la Patria su cosa, su feudo, la colonia en que se explotan los intereses materiales y se saquean los tesoros espirituales, está condenada al hundimiento.

No hay cosa más antipatriótica ni más perjudicial que buscar únicamente el bien del partido, el bien de los amigos, el bien propio. Es el camino más recto para precipitar a una nación. Se le puede dar vuelta al problema indefinidamente, el mal está ahí, mal profundo de una sociedad de gentes interesadas, indiferentes al bien común.

La Patria de ayer no fue una madre justa, sabia, y heroica para todos sus hijos. No lo será hoy mientras haya quien levante la bandera inmaculada de la Patria, para convertirla en una empresa para su propio provecho, en el teatro para sus propios ídolos o en el campo abierto para su afán de lucro y de dominio económico.

Nuestro pueblo necesita una resurrección no sólo de libertad política, sino también de liberación de la necesidad, de la miseria, del hambre, de la incapacidad de todos los grupos dirigentes que no quieren oír su grito de angustia que pide pan, justicia, y verdad.

Si pensamos en la Patria tenemos que pensar en todas estas realidades que nos hablan no de plenitud de vida humana, sino de negación, ineficacia y de decisiones unilaterales que nos invitan a la acción heroica, si es necesario, en los terrenos en que la dignidad humana es hoy oprimida o negada su participación”.

*Sacerdote Diocesano, mexicano, Doctor en Teología, Exdirector del Secretariado Social Mexicano.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s